Mazatlán

La ciudad antigüa es muy muy bonita, tiene un aire habanero y algunas calles se parecen a las de Cádiz. La plazuela Machado es un encanto, rodeada de barcitos y restaurantes y, por supuesto, música (desde una de las esquinas, suena un altavoz sin competencia: un grupo de música en vivo o una grabación, según el día).
Los mexicanos aman la música -y me atrevería a decir que muchos tienen problemas auditivos: la competencia por cuál es la música es la que se va a escuchar no tiene límites!! Muchas veces, no queda otra que subir la ventanilla del auto y resignarse a que la música será la del vecino pero a un volumen tolerable.. (lo sorprendente de la plazuela es que el sonido es uno, en los otros bares se charla con la mísma música)

Ni bien llegamos a Mazatlán (después de hacer nuestro parche mágico) y estacionamos a Jala Bien, pudimos ver el último sol resaltando el rojo de la pared de un abarrotes (mercadito), enseguida supimos que nos iba a gustar. Su malecón, sus casas viejas, los colores de las paredes, un disfrute visual.

La primera noche la pasamos en un lugar medio cutre, pero en la parte vieja de la ciudad; al día siguiente nos mudamos a un hotelito con cocina en la zona moderna. No nos terminamos de sentir a gusto ahí, aunque disfrutamos de la terracita y la cercanía a la playa (acá sin snorkel, por las olitas).
Así que, dos noches después, volvimos a ponernos en movimiento.
Fuimos a visitar Concordia y Rosario, dos pueblitos coloniales en las cercanías cuyo mayor atractivo es su iglesia, antes de salir hacia Mexcaltitán.

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